martes, 11 de mayo de 2010

De pronto te das cuenta...

De pronto te das cuenta, amigo mío,
de que tanto anduviste
atrochando por peñas y jarales,
de que trepaste tanto por la vida,
gastaste tanta suela y tanta angustia
que ya no queda nada,
y buscas una sombra en que sentarte
a reposar lo mucho que has vivido.

Y entonces te das cuenta
de que no existen sombras; que espantaste
las muchas que velaron tu existencia,
aquellas negras sombras de la noche
que apagaban el sol durante el día.
Las alejaste tanto y tantas veces,
que ya ninguna quiere socorrerte.

Y ahora te das cuenta
que gastaste el amor de tanto usarlo,
que los versos que escribes o recitas,
apenas son remedos de la pasión perdida,
y que te encuentras solo, abrazado al recuerdo
de los tiempos de orgullos,
de los tiempos de sol.

Y ahora, compungido, echas de menos
los besos que no diste,
los abrazos negados, las palabras no dichas,
la libertad de andar por los caminos,
el continuo avanzar del horizonte,
el incansable vuelo de los pájaros,
los sonidos del agua en los arroyos,
el otoñal dorado de los montes,
el vaho de la lluvia en los sembrados...

Y ya será muy tarde para todo,
amigo mío,
porque tú estarás muerto.